jueves, 17 de mayo de 2012

Las abejas están en peligro, y con ellas todos nosotros.





Desde hace unos años se está produciendo una desaparición masiva de las comunidades de abejas de todo el mundo a velocidades alarmantes, este fenómeno se conoce como síndrome del colapso de las colonias (CCD, por sus siglas en inglés).


La reducción de poblaciones de cualquier especie es una situación que nos debe preocupar, pero el caso de las abejas es especialmente alarmante para el ser humano.

Para comprender las dimensiones de la desaparición de las abejas hay que tener en cuenta que las abejas no solo interesan al ser humano por ser las productoras de miel, sino por algo relacionado íntimamente con la producción de miel, la polinización.

Para producir miel, las abejas requieren del néctar de las flores. Este néctar es producido por unas glándulas presentes en las bases de los estambres y de los pétalos, llamadas nectarios. De modo que para poder alcanzar el néctar de las distintas flores que visita una abeja a lo largo de una jornada laboral, no para de rozarse involuntariamente con los estambres de las flores, cargándose de polen, y rozarse con estigmas de las flores, dejando en ellos polen de la misma u otra flor.

Cierto es que existen otros seres que pueden actuar como agentes polinizadores, como colibríes, mariposas, moscas… pero las abejas son los polinizadores más importantes de las plantas con flores (magnoliófitas), incluso los únicos polinizadores posibles para muchas de estas plantas. De modo que la desaparición de las abejas pone en riesgo la polinización no solo de especies vegetales silvestres, afectando con ello a los ecosistemas naturales, sino también a las especies cultivadas, afectando de este modo al nivel de producción mundial de alimentos, de hecho, se calcula que la tercera parte de los alimentos humanos son polinizados por insectos, fundamentalmente abejas.

Una vez llamada la atención sobre la importancia de las abejas para nosotros, pasemos a ver qué es eso del síndrome del colapso de las colonias.

Se ha observado que en las colmenas que sufren el CCD desaparecen misteriosamente las abejas pecoreadoras (las que buscan el néctar), mientras que en la colmena, las abejas que quedan, las crías y la reina mueren al no poder mantener la termorregulación interna de la colmena ni poderse alimentar, aunque quede miel y polen en la colmena.

Investigadores españoles del laboratorio del Centro Apícola de Guadalajara han descubierto que el responsable de este fenómeno es el microsporidio Nosema ceranae. Las esporas de este hongo parásito son ingeridas con el alimento por las abejas mientras trabajan en el campo, e inician su ciclo vital dentro de las células que forman el epitelio del ventrículo de la abeja (su estómago), de este modo destruyen las células epiteliales encargadas de la digestión y asimilación del alimento, impidiendo que la abeja aproveche convenientemente el alimento ingerido, lo que las lleva a morir exhaustas en el campo mientras buscan el néctar. La mayoría de estas abejas no vuelven a la colmena, por lo que las la abeja reina y las jóvenes no suelen verse afectadas, ni se encuentran los cadáveres de las abejas próximos a la colmena.


La buena noticia es que las colmenas pueden ser tratadas contra este parásito usando un antibiótico, la fumagilina, que parece dar buenos resultados.

No obstante, muchos piensan que Nosema ceranae no es el factor principal de la notable reducción de las colonias de abejas en el mundo, sino que sería un factor más que añadir a otros como: el cambio climático, que adelanta las floraciones, por lo que cuando las abejas comienzan a salir de sus colmenas ya se han perdido parte de la floración. Además, la sequia afecta a las plantas y con ello a la alimentación de las abejas; el extendido uso de los plaguicidas en jardinería, pues afectan tanto a insectos perjudiciales como beneficiosos para las plantas, entre estos últimos a las abejas; los ácaros del genero Varroa, que se alimentan de la linfa de las crías de abeja, lo que provoca una pérdida de peso y una disminución del nivel de proteínas, traduciendose finalmente en abejas de tamaño reducido y alas deformes, incapacitadas para el vuelo; el microsporidio, Nosema Apis, que actúa de una forma similar a Nosema ceranae, aunque suele tardar en matar a las abejas unos 30 días, mientras que Nosema cerenae lo hace en tan solo 3 días…

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